Acerca de Mi

Este espacio creativo nació como un acto de gratitud al Creador por los milagros en mi vida, e inspirado por un sueño que dio forma a su esencia.

Desde pequeña, mi padre me hablaba como se habla cuando se entrega una llave sin decir qué puerta abre.
Antes de quedarme dormida, me decía: mijita, cuando te estés quedando dormida, entrarás en ondas alfa, y allí, en ese territorio invisible donde la razón se quita los zapatos, encontrarás las respuestas y las soluciones creativas a todo lo que necesites.
Lo decía con una naturalidad solemne, como si hablara del clima o del pan de cada día, y yo le creía porque en su voz no había duda alguna, solo una fe antigua, heredada de un lugar donde el tiempo no se mueve en línea recta.

Así fue como aprendí que dormir no era descansar, sino viajar.

Apenas cerraba los ojos, el mundo se desbordaba. Mis sueños eran salvajes, indómitos como selvas ausentes de todo mapa. Todo ocurría a todo color: azules que sonaban como campanas sumergidas, rojos que olían a fruta madura, amarillos cálidos que dejaban en la piel la memoria del sol. Había sonidos que no se escuchaban con los oídos y aromas que no pertenecían a ninguna flor conocida y que, al despertar, permanecían obstinadamente en el aire, como visitantes que no querían marcharse.

IEn ese reino nocturno, las ideas no pedían permiso. Llegaban envueltas en imágenes imposibles, se sentaban a mi lado y hablaban con la certeza de quienes saben que serán recordadas. Al amanecer, cuando el mundo regresaba a su forma conocida, despertaba con la sensación de haber estado en otro lugar —en algún sitio más real— donde las respuestas no se buscaban, simplemente aparecían.

Con el tiempo, comprendí que mi padre no me estaba enseñando a dormir, sino a escuchar. Porque en las ondas alfa —ese murmullo secreto entre la vigilia y el sueño— el universo baja la voz y, si uno sabe permanecer quieto, lo cuenta todo.

Una madrugada temprana tuve un sueño tan real que estuve convencida de que estaba despierta. Era esa hora en que el mundo contiene la respiración y hasta el tiempo parece dudar de sí mismo. El aire tenía peso, el silencio tenía textura, y nada se sentía inventado.

En ese estado de asombro lúcido, mi tía abuela Hilda vino a visitarme. Había sido una de las amigas más cercanas de mi Bobe (mi abuela), unidas por una lealtad tan profunda que ni siquiera la muerte había logrado aflojar. Ambas habían fallecido hacía más de diez años y, sin embargo, apareció ante mí con una presencia tan vívida que me sobresaltó, como si solo hubiera salido un momento y regresado exactamente tal como siempre había sido.

Le pregunté —casi con disculpa, casi sin creerlo— por qué había venido.

Ella me miró con dulzura, de esa que no apura las explicaciones, y dijo únicamente: “Acércate”.

Al acercarme, noté que sobre su regazo descansaba una cuna. Dentro de ella yacía uno de sus nietos, un niño que había muerto trágicamente. Ella lo acariciaba, lo mecía con una ternura infinita que no pertenecía al duelo, sino a algo más antiguo y perdurable, como si el dolor ya hubiera cumplido su tarea y se hubiera retirado.

Lo que más me conmovió fue que la cuna misma estaba viva. Destellaba en movimiento, respirando suavemente entre sus brazos. Al principio pensé que podía ver los átomos que la componían, vibrando con delicadeza, obedientes a alguna ley oculta del universo. Pero al mirar con mayor atención, comprendí que no eran átomos en absoluto.

Eran letras hebreas.

Letras vivas, inquietas y luminosas, en constante movimiento, reuniéndose, expandiéndose. Palabras que se negaban a quedarse quietas. Palabras formadas a partir de Tehillim —Salmos pronunciados, susurrados, rezados a lo largo de generaciones por innumerables almas amorosas. Esas palabras sostenían al niño, lo envolvían con delicadeza, lo mecían en luz, mientras la tía Hilda velaba por él con una serenidad intacta, fuera del tiempo.

En ese instante, la claridad llegó sin ruido, sin esfuerzo, como una verdad que siempre había estado esperando.

Las palabras no son inertes.
La plegaria no es abstracta.
El amor continúa.

En ese momento comprendí la verdadera importancia de leer los Salmos. Entendí que no son solo poemas destinados a exaltar a Dios, sino un portal vivo de comunicación divina.

Cada Salmo es como una burbuja de energía, impregnada de una intención dirigida:
de sanación,
búsqueda de sabiduría,
éxito,
ayuda,
esperanza de una nueva vida,
confianza en un milagro aún no revelado.

Cuando creo una obra, siento como si recogiera una de esas burbujas, esa energía viva y la concentrara en la tinta —sin fuerza, sin control.
La obra permanece quieta, pero viva.
Latente.
Esperando ser activada cada vez que es observada con conciencia e intención.

Mi práctica artística no trata de ilustrar un texto sagrado, sino de sostener un espacio para él.

Light · Ink · Connection

Where light, ink, and connection meet